Alquiló una máscara para no contemplar su vacío. Tiene miedo a ser vulnerable y a decepcionar al mundo. Cifra su fortaleza en el control y se crece devaluando a otro. No ama. Necesita la validación ajena para existir. Confunde amabilidad con debilidad.
El hombre pequeño necesita público, ser parte de una familia, de un grupo, pero sin implicarse emocionalmente. Sus relaciones son siempre transaccionales. No carece de principios, los cambia con razón a sus intereses. No hay nada que llene su agujero negro. Es incapaz de mirarse por dentro, por eso necesita el aplauso ajeno. Desconfía hasta de su sombra. Es un modelo de imitación, sin lazos auténticos. Su trato es superficial.
No hace autocrítica, se reinventa. Y cuando no le queda más compañero que el dinero, se compra un perro para sentirse amo.
El hombre pequeño se vende como grande, pero se detesta, porque conoce su miseria y su insatisfacción permanente. Envidia la luz, la imita, pero, como las velas, se consume cuando le falta la cera ajena.
Ana Cristina Pastrana
