La loca de la colina

Cada tarde, seducida por el ocaso, camina monte arriba, respirando el aroma de las plantas. Lleva las mismas alpargatas de hace años y la falda perforada por las zarzas. Con los brazos en orquesta y los ojos prendidos del infinito, su cuerpo, frágil, se escurre como una lagartija, saboreando la luz cárdena del atardecer. Su pelo, desgreñado, danza con el viento. En la punta de los dedos, curtidos de sinsabores, anidan besos sin retorno que, como golondrinas, zigzaguean en el aire.

Es como su abuela, una bruja, con sus pócimas y aquelarres, dicen unos. No es más que una infeliz que ha perdido la cabeza por las desgracias de la vida, piensan otros. Se debate entre la condena o la redención.

Mientras, la loca de la colina corre monte abajo entre pedregales y arbustos al sentir gritos en el río. El horror de los recuerdos retorna a su cabeza. Se lanza al agua y logra rescatar a los dos chiquillos arrastrados por la corriente. De la mano, regresan al pueblo.

Por unanimidad, se ha aprobado su destierro. Las voces se acallan cuando los niños cuentan su historia. La vergüenza arrastra los ojos hasta los pies. La loca de la colina, ajena, sonríe celebrando la vida.

Ana Cristina Pastrana