Este texto es la continuación del relato publicado el 13 de diciembre de 2025.
Su mayor sorpresa fue ver a su colega Diego, la acompañó por sorpresa. Cuando advirtió su presencia sintió alivio. Ambos viajaban en clase económica pero en butacas muy distantes.
Cuando aterrizaron en el Aeropuerto Internacional “El Dorado”, situado en Bogotá, lo primero que hicieron fue localizar el lugar donde se alojarían, no era el mismo para ambos, quizá para no levantar ningún tipo de sospecha.
Laura lo desconocía, pero para Diego, no era la primera vez que viajaba a Colombia con la intención de comprar cocaína para comerciar con ella. Lo que no sabía Laura es que su amigo también consumía de vez en cuando.
Ese día, después del agotador viaje, descansarían y al día siguiente acudirían al lugar de referencia que le había proporcionado Diego; visitarían a su fiel contacto.
Puede que fuera demasiado arriesgado. Se adentraron en un barrio periférico situado en una zona rural. Calles estrechas, suciedad, una mezcla de olor a orines se mezclaba con el olor característico que desprende la cocaína, parecido al metal o a la acetona.
El destino donde se produciría el intercambio sería un club. La droga se llegó a considerar como un préstamo que se cobraría en dinero, poniendo en juego la vida de ambos, la de Diego y la de Laura.
Este proceso de intercambio se produjo en dos ocasiones solamente. El destino decidió que un precioso amanecer de septiembre, ambos jóvenes pudieran urdir el hecho de traspasar la frontera con la cocaína, oculta en una estatuilla colombiana de recuerdo. Una vez en el avión, Laura, en un estado de grave ansiedad, le pidió a su compañero que se deshiciese de la droga. Tenían una última oportunidad. Habían pasado la aduana pero estaban bajo sospecha.
Diego se acercó al WC del avión para simular que haría desaparecer el polvo blanco; en realidad no lo hizo. Consiguieron burlar la aduana pero levantaron sospechas.
Al aterrizar, apenas pusieron sus pies en territorio español, Diego fue arrestado por posesión de sustancias y separado de Laura. De ella se encargó una persona, en concreto una trabajadora social, para ser trasladada a un correccional de menores.
La vida allí, para algunos, era un auténtico infierno. Había tentación de consumo de sustancias, amenazas, coacciones, malos tratos, abusos por parte de algún superior. Pero Laura ya conocía el “infierno” y aquello no le parecía tal cosa.
Le adjudicaron una habitación reducida, con su cama, su mesa de estudio y una estantería abierta para colocar sus prendas de ropa. Nada en la habitación con lo que pudiese lesionarse o provocar un suicidio. Las ventanas estaban selladas y si quería disfrutar del aire libre, debía hacerlo en su tiempo de ocio o recreo.
Lo primero por lo que pasó Laura fue un registro interno, es decir, un cacheo para detectar objetos ilícitos y asegurar su seguridad y la del centro.
La quitaron la ropa, la hicieron ducharse y la llevaron a una sala colocando sus palmas hacia arriba. El centro disponía de varias estancias: un vestíbulo, el comedor, un gimnasio, un patio con pista deportiva, una piscina y un bar.
Recorriendo los pasillos se encontraban las habitaciones y las aulas, donde se impartían talleres como lavandería, panadería, jardinería, mecánica, etc. Le llamó la atención la zona de celdas, con cristales de seguridad, puertas de metal y camas de cemento. La sala de contención se utilizaba en situaciones de desbordamiento emocional cuando la intervención verbal no era suficiente.
Laura, después de haber sentido palpitaciones, falta de aire, temblores, miedo e inquietud, respiró con profundidad y, aliviada, decidió cambiar su estilo de vida en alimentación, sueño y rutina.
Los dos años que permaneció en el centro de menores fueron complicados, pero los aprovechó para mirar hacia su interior y decidir qué quería hacer con su vida.
Al alcanzar la mayoría de edad, la salida del centro no estuvo exenta de problemas, pero Laura consiguió un trabajo que le permitió estudiar y vivir en una habitación en un piso compartido.
Cuando Laura logró un puesto en una empresa, su carrera fue meteórica. Llegó a ocupar un puesto de gran responsabilidad. Nunca olvidó el camino recorrido y se repetía como un mantra: “Lo importante no es llegar, sino mantenerse”.
En una ocasión, al descolgar el teléfono, una voz masculina, muy conocida, le pidió ayuda entre sollozos. Tras un profundo mutismo, contestó simplemente: Perdone, se ha equivocado.
Ana Rosa Gutiérrez Álvarez
Sin juicios, sin críticas, observando, ayudando y apoyando.
Fantástico relato de otra parte social que la gente suele hacer oídos sordos para no saber nada de personas non gratas. Bravo por mencionar un tema actual y animar que se puede salir y vivir dignamente