Desde nuestra infancia, tanto en la familia como en la escuela, se ha primado la obediencia. Un niño obediente, dócil y sumiso, sin espíritu crítico, es un modelo a imitar. Se le premia, se le exhibe, como un animal doméstico. Pronto descubre que es imprescindible anular su identidad y ser lo que los demás esperan para ser querido.
Cuando sea adulto, será un ser fácilmente manipulable, complaciente con los que le rodean, inclinado a rescatar desde la necesidad que sembraron en la niñez, desde la carencia. Tendrá miedo a decepcionar, a ser insuficiente y vulnerable. Acatará, sin resistencia, lo que otros decidan que le conviene.
A cualquier estado le interesa tener súbditos, personas que no le cuestionen, sin espíritu crítico, seres estandarizados. Si potenciamos esto en la educación, no sólo estamos infringiendo una amputación grave en el individuo, estamos contribuyendo al progreso de la demagogia.
Aprender a decepcionar te libera del control y confirma tu crecimiento. Educar consiste en descubrir al niño todos sus potenciales para que los desarrolle al máximo y se sienta útil en la sociedad que le ha tocado vivir sin renunciar a su identidad.
Ana Cristina Pastrana
