Una forma de aprender a nadar es lanzarse (o caerse) en lo profundo de la piscina o en medio del océano. Y, si no te ahogas, sobrevives, pero no se suele desarrollar con ese método tan drástico un estilo elegante ni eficiente.

Contar con la ayuda de una persona experta que te enseñe una técnica apropiada suele resultar más práctico, seguro y efectivo. Pero esa formación solo sirve en la medida en que pueda aplicarla de forma autónoma, sin tener que llevar un entrenador personal a mis vacaciones en la playa que me supervise cada vez que me doy un baño.

Me acuerdo de Nuria, mi profesora de la autoescuela, y de sus clases de conducción. El primer día hablaba continuamente y utilizaba con frecuencia su juego de pedales, porque yo no tenía ni idea del funcionamiento del coche ni de las normas de circulación.

Con el paso de los días, cada vez intervenía menos, solo en caso de necesidad o cuando me veía muy desorientada. En aquello que era opcional y no suponía peligro me dejaba sola, porque en una carretera con límite de 50 km/h se puede circular a 30 o a 49,99.

Y aunque su experiencia le permitía predecir ciertas situaciones, no siempre podía adivinar si me iba a dar tiempo a entrar en la rotonda, porque en ese momento no estaba en el asiento del conductor, ni a los mandos del vehículo.

Observo una clara analogía con la labor del acompañante en temas psicológicos o espirituales (incluidos los voluntarios del Teléfono de la Esperanza). Su escucha ha de respetar el destino de la persona que confía su intimidad, demostrando una fe inmensa en su capacidad innata para afrontar la situación que la vida le ha puesto delante.

Esa confianza se manifiesta en dejarle experimentar y pensar por su cuenta, sin enfadarse si no sigue al pie de la letra los consejos o si se fija en otros maestros, cuyos trucos quizá encajen mejor con su carácter o sus necesidades.

Creo que la posición de maestro y aprendiz es intercambiable, e incluso simultánea. La capacidad de atender a otros y servirles de espejo viene de serie con la humanidad, pero no existe ningún ser humano —por evolucionado o trascendido que esté o crea estar— que no necesite apoyo para encarar ciertas cuestiones.

Algunas situaciones son difíciles de superar a solas, bien porque resultan dolorosas, porque el ego se enquista o porque nos falte perspectiva.

La carga de pensar que el bienestar de otro depende de mí, de que yo sepa guiarle o solucionar sus problemas, puede ser tan pesada que me hunda. Pero si acepto que la responsabilidad de su vida no es mía y que solo voy a ofrecer escucha activa o acompañar una dinámica, la tarea se vuelve más liviana y satisfactoria, llena de sentido.

Volviendo al principio, si puedo moverme en el agua con cierta soltura es porque alguien me ha enseñado. No es motivo de orgullo saber hacerlo, ni de vanagloria echar una mano a quien está en la orilla, con los pies en la arena, mirando al mar con miedo y deseo.

Menos aún intentar rescatar a alguien que se ahoga, si entra dentro de mis posibilidades y puedo hacerlo sin morir yo también. Aunque mi estilo sea imperfecto y no me dé para ejercer de socorrista, tal vez sí pueda transmitir a alguien la confianza suficiente para adentrarnos juntos en el agua.

Al menos hasta donde ambos hagamos pie. Cada paso mar adentro reafirma nuestro poder personal. Es cierto que cada cual debe hacer el esfuerzo de aprender la técnica y practicar de forma individual, pero incluso siendo autónomos, a veces necesitamos algo de apoyo o, simplemente, nos gusta más nadar acompañados que solos.

Ana Cristina López Viñuela