Me dijeron ser demasiado gorda para una talla S. Demasiado bajita para jugar al baloncesto Para ser alguien. Me dijeron que valía menos por mis gustos, aficiones o lo que escondo entre mis genitales. Me dijeron que era muy joven para entender el mundo y cuando quise ayudar y ganar mas compromiso me dijeron que tenía que invertir mas tiempo pero ahora soy adulta tras cumplir los 26 años y sigo sin entenderlo. Me dijeron que debía trabajar más que mi generación es la de crital que debía regirme por esta burrocracia hipócrita dónde los que más dinero tienen manejan el mundo a su antojo mientras los demás somos sus marionetas. Me dijeron que me maquillara que era muy rara que no entendían mi poesía mis palabras. Me hicieron sentir pequeña imbécil, inservible... Remplazable... frágil, como una lágrima surcando por la mejilla y cayendo al arcen una tarde cualquiera. Mientras me seguían diciendo que podía con todo aunque solo bajo sus condiciones claro recorriendo por mi cabeza susurros constantes. Que si hablo mucho que si hablo poco que si me agoto y exploto que si debo ser resiliente y hacer como si me resbalara todo que si me falta amor propio aunque si me defiendo resulta que me sobra ego. Ya que parece que tengo que soportar las opiniones vengan de donde vengan aunque vayan con desprecio. Y ahí es donde mi tormenta rompe en silencio divagando por la necesidad imperiosa de cambiar el dolor por amor de ser mejor de aprender, evolucionar y existir. Me dijeron que era pesada tonta, cabezona, y algo caótica que debía vestir de rosita bailar con hombres y jugar con muñequitas. Pero me perdí entre el léxico de su vocabulario y su idioma ya no me complementa. Sustituí su odio en mi protesta.
María de los Ángeles Díez Rodríguez