Una piedra de toque es que la que sirve para comprobar la pureza de un material, especialmente del oro. De color oscuro, está compuesta por una mezcla de cuarzo amorfo con alúmina, cal, óxido de hierro, carbón y otras sustancias de grano fino que no puedan ser atacadas por los ácidos. Basta con frotar ligeramente con la piedra el metal precioso y después verter una gota de ácido nítrico: si la alhaja es de oro puro la huella no se altera, pero si no lo es, el color de la marca delata la proporción en que está aleado.
Entendido como metáfora, hay circunstancias o personas que ponen a prueba nuestro carácter y “sacan lo peor” de nosotros mismos, por las razones que sean. Porque hay un motivo para esa crispación, aunque a veces no se comprenda racionalmente por qué unas palabras muy sensatas, dichas con buen tono, hacen manar del interior de uno mismo una lava ardiente, que si no se contiene, sale por la boca como una llamarada de dragón, sin venir aparentemente a cuento.
Como me ha sucedido hace poco, produciéndome sorpresa, dolor y vergüenza, he dedicado un tiempo a observar el fenómeno en mí misma y comparto mis conclusiones.
Lo primero de lo que me he dado cuenta es de que la reacción no es intelectual, sino visceral, por lo que no hay que buscar la explicación en lo que el otro dijo o hizo, sino en mi sentimiento al respecto, porque a veces puede haber intención de ofender o de molestar por la otra parte, pero ni siquiera se requiere. Inocentemente pueden haber rozado una herida profunda y mal curada, que desconocíamos tener o que pensábamos que estaba cerrada, se ha rasgado la piel y ha salido el pus a chorro.
Cada uno tiene sus heridas, en mi caso se trata del abandono y la desvalorización, y por eso puedo reaccionar violentamente cuando las personas en las que confío, en lugar de acoger mi dolor cuando me siento ignorada o sufro una injusticia, me facilitan una muy razonable explicación de por qué no debería sentirme como me siento o hacen una broma para quitarle hierro al asunto. Pero en esos casos el hierro no “se quita”, sino que se pone al rojo vivo y lo que era un mero disgusto se acaba convirtiendo en una rabia salvaje e indomable.
La solución, como es obvio, está dentro de mí misma, abrazando mi sentimiento sea el que sea y aprendiendo a amarme incondicionalmente. Y luego sí, tomando medidas adecuadas para defender mis intereses, corrigiendo los errores si los hay o pidiendo perdón si procede.
La apreciación del otro, por más autoridad que le reconozca, nunca tendrá el mismo valor que la que yo misma me otorgue. El más “iluminado” del mundo sigue teniendo limitaciones y la más evidente de todas es que no se puede poner en mi lugar. Los demás pueden empatizar e intentar comprender, pero la aprobación y el amor que necesito solo yo me los puedo dar.
La verdadera compasión nace en el interior de uno mismo y ha de irradiar de dentro hacia afuera. Renunciar a la propia autoestima por confiar en el criterio ajeno más que en el propio no es humildad, ni siquiera virtud. La sabiduría pasa por escuchar más a esa voz que susurra en el interior de cada uno y que no se identifica con los parloteos de la mente, especialmente cuando esta nos mortifica haciéndonos pensar que nadie nos va a querer y que somos merecedores de desprecio y soledad. Repite conmigo: “Me amo y me acepto completamente” y no dejes de decírtelo sean cuales sean tus errores y defectos, hasta que te lo creas. Así, la próxima piedra de toque con la que te tropieces no te conmoverá de la misma forma, porque tu corazón se irá refinando con las sucesivas pruebas hasta convertirse en pura luz dorada.
Ana Cristina López Viñuela
