Ha llegado a mis manos un trepidante thriller policiaco titulado Soma de Emilio Díez, un autor de ascendencia leonesa que además es mi pariente (aunque eso casi no influye en lo que voy a decir). Se trata de su primera novela, pero se nota su amplia trayectoria como guionista de series como El internado o La casa de papel. Un periodista de guerra en paro, junto a la hermana de una de las víctimas, investigan la relación entre algunos suicidios y asesinatos producidos en distintos lugares de España, entre personas de diferentes edades, sexos, etnias y posiciones sociales, que solo tenían en común su vulnerabilidad y una página web llamada Soma… Y no os cuento más para no fastidiaros la lectura, sólo os adelanto que la forma en que la persona que se ocultaba tras la web manipulaba sus mentes viene a ser como un espejo invertido de la ayuda psicológica que se presta en el Teléfono de la Esperanza, lo que me hizo reflexionar en lo que comparten y lo que las diferencia.

En primer lugar, el criminal entraba en contacto con una persona vulnerable por la razón que fuera (inadaptación social, bullying, etc.), por recomendación de algún amigo al que antes había tratado, en medio de un total secretismo. La hacía sentir escuchada y comprendida, con el fin de que fuera revelando sus circunstancias, anhelos y limitaciones. Para poder seguir accediendo a sus respuestas exigía a su víctima que entrara en la web cada hora durante un día, debilitándole con la falta de sueño, y que se sometiera a extenuantes sesiones de test, estimulación y pruebas psicológicas. Y una vez que ya conocía sus puntos débiles, procuraba aislarla, para dejarla sin apoyos, creándole una dependencia creciente, supeditando la atención que le prestaba a la docilidad a sus indicaciones y a la realización de ciertas tareas, que implicaban cierto grado de violencia o desprecio a los demás, que comenzaban siendo pequeñas y fáciles, pero que iban creciendo progresivamente en radicalidad y compromiso. Luego ya solo le quedaba dar el empujoncito final para conducir a su víctima al asesinato o al suicidio, impunemente, desde la distancia y con las manos limpias.

Esto es parecido en sus pasos, pero completamente diferente en su contenido y finalidad, de lo que haría un buen consejero, que siempre te animará a cuidar tu sueño y alimentación, a hacer ejercicio y a llevar una vida ordenada. Y aprovechará el clima de confianza generado por la escucha y el conocimiento que adquiere de ti a través de ella, para fomentar tu autonomía personal y tu integración en la familia, en un grupo y/o en la sociedad, encontrando tu lugar en el mundo. Te ayudará a concretar pequeños avances que te conducirán a tus metas poco a poco, que celebrará contigo. Y, al final, se hará innecesario, que es lo mejor que se puede decir de un terapeuta, pues incluso si se entabla una amistad entre los dos, se tratará de una relación de igualdad y no de supeditación.

De lo anterior extraigo dos conclusiones: la primera y más obvia, es que leas la novela… pero la principal es que pongas tu confianza en quienes te quieren bien y no en desalmados. ¿Pero cómo distinguir unos de otros en momentos de obcecación? Por sus obras los conoceréis: si fomentan tu responsabilidad personal y fortalecen tu capacidad de decisión; si te animan a cuidarte y a tratar con respeto a los que te rodean; si sus palabras y presencia amable te producen paz y serenidad, vas bien. Si, por el contrario, te muestras cada vez más dependiente de su aprobación; si tu mente está confusa o su “claridad” no admite matices, convirtiendo el mundo en una película en blanco y negro, donde solo tienes un referente fiable y los demás son enemigos que actúan en tu contra; si las obras que te empuja a realizar en el fondo de tu corazón sientes que son malvadas, entonces ¡huye y ponte a salvo! Porque no es lo mismo influir que asesorar, ni inducir que estimular, y el poder de guiar tu vida solo te pertenece a ti.

Ana Cristina López Viñuela