He desempolvado un escrito que redacté hace tres años y medio, coincidía casi con mis 37 cumpleaños, y dice así:
Hoy ha acontecido algo que me ha generado un sentimiento de culpa. De primeras, lo que me sale con este sentimiento es rechazo. Rechazo porque, durante mucho tiempo en mi vida, este sentimiento me ha acompañado mucho y no he sabido relacionarme con él de forma sana y constructiva.
Rechazo porque la culpa da de pleno en mis “antiguas” creencias acerca de mí mismo: que soy mala persona, que lo hago todo mal, que soy un desastre, un monstruo, alguien que hace daño constantemente a las personas que me rodean… que he hecho algo malo.
Esto me atascó; me quitó energía mental, emocional y física. Y para defenderme de los males que creía poder cometer a los demás… me escondía, me replegaba y levantaba muros emocionales. Todo para protegerme y, por ende, no sentirme culpable. En definitiva, volvía a lo mismo: rechazaba el sentimiento y no lo integraba de forma constructiva.
Hace un tiempo, cuando empecé a darme cuenta de que en el mundo emocional existen otras rutas y otras lecturas internas sobre cómo funciono, comencé a sustituir la palabra “culpa” por “responsabilidad”. Esto me llevó a sentirme adulto, a sentirme capaz de cambiar algo respecto a ese sentimiento. Me refiero a cambiar algo mirándome hacia dentro: a cómo enfocaba mi relación con la culpa. Entonces empezó a transformarse; sentía que ya no me quedaba atascado en ella y que algo me impulsaba a ver más opciones.
Justo hoy, que la culpa se sienta frente a mí, es un muy buen momento para prestarme un poco más de atención de la habitual. Y por eso escribo. Bendita escritura.
Justo hoy, mientras redacto este texto, he concluido un libro —a mi parecer muy recomendable para quienes vivimos enganchados al mundo interior— titulado “Las cicatrices no duelen: cómo sanar nuestras heridas y deshacer los nudos emocionales”, de Anabel González. Me recuerda que, en días de atasco como los que me trae la culpa, no he de ponerme en modo “prevención de riesgos” para intentar protegerme, porque pierdo todas las oportunidades que requieren exploración y confianza en mis recursos. Mirar de frente mi historia y mis patrones de funcionamiento, y trabajar en aquellas partes que me atascan y me limitan, me hará libre.
Que para avanzar es importante regresar al minuto cero, a donde empezó todo.
Que curarse es cuidarse.
Cuanto más me zarandean estas emociones que me cuestan, más recojo el aviso de que tengo que cuidarme a todos los niveles: por dentro, en mis relaciones, en mi forma de estar en el mundo. Al menos yo tengo que estar a mi lado. Al menos yo voy a tirar por mí.
Y un mensaje muy claro y revelador del libro es que nunca he de rendirme conmigo mismo. Si el cambio no ocurre solo, hay que sembrarlo.
Yo, en mi caso, para que la culpa se vuelva responsabilidad, procuro mirarla de frente y con amor incondicional. Saber de dónde viene. Mantranear diciéndome que, en su momento, ese mecanismo fue válido y que por ello le doy las gracias, pero que ahora no nos sirve (y digo “nos” para que todos mis yoes reciban la señal por igual) y que estamos en búsqueda y captura de recursos más sanos.
Por esto practico el silencio, muevo mi cuerpo, escucho en vez de oír, me mantengo cerca de personas que sé que me quieren, leo, intento reírme y escribo.
Así que solo me toca agradecer.
Agradezco a quien hoy ha hecho que la culpa salte para poder mirarla —de nuevo— de frente, y con ello darme cuenta de los muros que intento levantarme para no vivirla.
Gracias, culpa, porque me haces ver que bajo tu manto gris y austero… hasta una flor puede nacer.
Marcos Rodríguez Tranche