Conocí a Valeria en la sección “agudos” del hospital. Nunca hubiera pensado que yo podría llegar a recordar con cariño un ingreso psiquiátrico, pero así fue, gracias a la relación amorosa que viví allí dentro. Cuando ella ingresó yo llevaba allí una semana, una tortura psicológica tras una fase de fantasías y alucinaciones en las que yo creía que todo el mundo hablaba de mí a mis espaldas, incluso los libros y la televisión hacían referencia a mi persona. Pero un día apareció ella, tan dulce, tan fina, tan delicada. Tenía la mirada fija en el suelo, como si sintiera el peso de cuantos la observábamos.

Me acerqué a ella. “Hola, ¿cómo te llamas? Yo soy Jose”. Ya no nos separamos durante los ocho días que compartimos allí dentro. Desde el primer momento me convertí para ella en su paño de lágrimas, en su tabla de salvación, en su amor. Al igual ella para mí. Y también desde el primer momento nos besamos con pasión, a espaldas de las enfermeras, no tanto de nuestros compañeros. Y en esos ocho días compartimos lo que había sido nuestra vida hasta el momento. Ella con un trastorno de personalidad, más o menos controlado, y yo con un trastorno esquizofrénico en plena ebullición.

Se convirtió, sin proponérmelo, en mi posesión. Cuando, por algún motivo, nos separábamos, saltaban en mí todas las alarmas. “Como alguien se acerque a ella le mato aquí mismo y demuestro a todos lo celoso que puedo llegar a ser”, me decía a mí mismo. Ahora lo pienso y me asustan mis propias palabras. Pobrecilla, vaya víctima de mi obsesión, de mi locura por ella. Fue una semana de pura admiración: sus ojos, sus labios, su forma de besarme…

Así transcurrieron aquellos maravillosos ocho días hasta que a ella la trasladaron al hospital psiquiátrico. Tras tres meses en agudos me pude reunir con ella. Y, de repente, aquel lugar cobró vida para mí. Allí planeamos cómo llegar a otros enfermos con una enfermedad mental, ése sería nuestro bonito proyecto juntos.

Ahora puedo decir, tras treinta años en este negocio, que ha sido un proyecto totalmente vocacional para los dos, un proyecto precioso. Los dos aprendimos mucho de las personas con las que trabajamos y también nosotros les transmitimos toda nuestra cercanía y comprensión.

Las enfermedades de este tipo son para toda la vida, no tienen curación. Pero sí se puede vivir con ellas con la medicación acertada. Al haber sido yo una víctima más de esta lacra pude llegar mejor a estos enfermos. Este fue el motivo por el que decidí escribir este relato desde la experiencia vivida por mí cuando estuve ingresado.

María Eugenia Laiz Molina