Conocí a todos mis abuelos: los padres de mi padre y los de mi madre. Además, tuve la suerte de cruzarme en el camino con dos bisabuelas: una, abuela de mi padre, y otra, de mi madre.

Ahora que el otoño está aquí, tuve una conversación de manta y sofá con un amigo. La conversación fue a distancia y a través de videollamada, pero eso no fue impedimento para la cercanía e intimidad con la que transcurría.

A día de hoy me queda una abuela, y afortunadamente he de decir que es MI ABUELA.

He de decir que, por circunstancias de la vida, fue la primera persona a la que llamé “mamá”. Es por ello que me une a ella un vínculo muy fuerte.

Con ella he aprendido y sigo aprendiendo mucho. Me ha enseñado lo que sé sobre el cuidado de las plantas. Desde niño este fue un interés que compartía con ella, y gracias a eso, hoy, cuando voy a visitarla, no puede faltar la conversación acerca de este tema.

Ella, a sus 84 años, tiene WhatsApp y, evidentemente, fotos de plantas nos hemos enviado por esta vía.

De ella necesito, como mínimo, un par de veces al año, que me haga lentejas. Sinceramente, me da igual si es agosto o enero, porque son increíbles en todos los sentidos. No sé qué les hace a las lentejas, pero si me ponen delante el último plato ganador de una estrella Michelin y las lentejas de mi abuela… lo tengo claro.

No puedo evitar recordar las Nochebuenas en su casa, donde quedarse a dormir era sitio seguro y reconfortante. Con ella me he desahogado muchas veces y durante muchas horas.

Colecciona dedales y tengo una bufanda larguísima hecha por ella. Conservo un baúl que me regaló, en el que guardo sábanas, mantas, toallas… y que va conmigo sí o sí.

Veranos en el pueblo, al fresco, y si no, charlando dentro de casa de los entresijos de la vida. Junto a ella he compartido el amor por los caballos, y aunque yo no tengo ninguno, sí que es uno de mis animales favoritos. Aparte de por lo espectaculares que me resultan en muchos aspectos, porque son algo más de mi historia con ella.

Me duele cuando la veo triste, decaída o apagada, y cuando voy notando que el paso del tiempo deja huella en mí y en ella.

Madre de siete hijos, abuela de diez nietos y bisabuela de dos. Viuda a los 53 años, y haciendo frente ella sola con toda la prole.

Ella se llama Margarita, tiene los ojos azules y el pelo largo. Siempre lleva una coleta. Siempre la voy a recordar por la cantidad de horquillas que se planta en la melena y el olor a laca.

Me llevaba al colegio cuando era niño, y para ella soy Marquines. Le encantan los pájaros, y hasta cuando ha podido, ha tenido.

Tiene sentido del humor y la han operado de cataratas. Lleva bastón. Siempre te va a decir que sí si vas a visitarla.

Mujer de la posguerra. Nunca ha comido pizza y su luna de miel la pasó en Madrid. Conserva muy buena memoria, tanto del pasado como del presente.

Y con ella también he aprendido muchas palabras y expresiones, entre ellas: esconceñar, fraila, mira qué montonín (cuando hay un recién nacido en la familia), vete por ahí, que aguantas más…

Me gusta seguir aprendiendo de ella. Gracias, Abu.

¡¡Ah!! Y de pequeño tomaba leche con galletas en una tazita roja (la cual conservo) y me dibujaba flores en la parte de atrás de los calendarios, cuando las hojas ya no valían.

Marcos Rodríguez Tranche