La leyenda del colibrí y los incendios

Cuenta la leyenda que un día, en un gran bosque se desató un incendio. Las llamas, enormes, se llevaban todo por delante.

En medio del caos un colibrí volaba una y otra vez al río, mojaba sus alas y regresando al incendio las agitaba tratando de sofocar las llamas.

Los otros animales observando lo que hacía trataron de desanimarlo con la cantinela: ¡Jamás lo podrás lograr!

El colibrí respondió: ¡yo solo hago mi parte, lo demás no depende de mí!

Los animales se quedaron desconcertados ante su respuesta y se unieron para ayudar hasta que finalmente el incendio se extinguió.

Por desgracia la realidad no es tan sencilla como la leyenda del colibrí pero, sirve para recordar, que en las malas, remando todos en la misma dirección los desastres se pueden solventar, aunque cueste. Ante la situación tan tremenda y delicada que hemos vivido como consecuencia de los múltiples incendios, ¿Cada uno de los estamentos a los que les correspondía esta responsabilidad realizó su parte?

Está claro que los efectos del cambio climático son una realidad y una de sus consecuencias es el calentamiento global de la tierra lo que ha propiciado una mayor intensidad y frecuencia de las olas de calor que ha favorecido el desarrollo de tormentas secas, caracterizadas por una gran actividad eléctrica en forma de relámpagos por fuertes vientos que expanden con rapidez el fuego y por la escasez o carencia de lluvia.

Todo lo mencionado contribuye al desarrollo de incendios de sexta generación. Estos megaincendios forestales de gran intensidad alteran la atmósfera y generan su propio clima. El fuego se origina al caer los relámpagos en la superficie seca y con la ayuda del viento se propaga rápidamente transportando bolas llameantes a distintos lugares que, al caer, generan múltiples hogueras que crecen con rapidez.

Si hubiera habido previsión, si se hubieran hecho los simulacros necesarios, si todo hubiera estado preparado y sincronizado…, el desastre, ¿hubiera sido menor?

Historia real, sucedió en la Provincia de León. Agosto 2025:

El fuego está lejos, a unos 20 km, son las 18:00 horas y ante la escasez de recursos los vecinos trabajan juntos preparando cortafuegos…, cuando de repente, sin previo aviso, el cielo se oscurece hasta el punto de que las luces automáticas nocturnas se encienden. En la oscuridad del firmamento se dibujan los rayos con distintas formas, al mismo tiempo que los truenos que semejan bombas, sobresaltan y asustan a los presentes. Además, se dispara un viento huracanado que arrasa todo lo que se encuentra a su paso.

En dos minutos se crea el caos ya que, entre los relámpagos al caer en la superficie seca y el viento transportando por el aire bolas de fuego semejantes a las que se arrojaban con catapultas en las batallas medievales, donde caen, -ante la sequedad del terreno- arde todo como la yesca y se crean distintos focos de fuego.

Ante la incredulidad de los vecinos se desencadena el pánico, la carretera está cortada y no les queda otra que huir de la hecatombe en sus vehículos por el monte. Su vida pende de un hilo.

Lo cierto es que el oeste de España arde y estos incendios han causado graves daños.

En primer lugar, están las pérdidas humanas que son irreparables, generan un profundo dolor y un gran vacío difícil de superar principalmente a la familia y amigos cercanos, pero también, a toda la comunidad dadas las circunstancias en que se produjeron.

En otro nivel, no solo causan daños ambientales significativos, como la pérdida de la biodiversidad, también tienen graves consecuencias para la salud humana y la economía. El humo empeora la calidad del aire causando problemas respiratorios y cardiovasculares.

Asimismo, los incendios pueden destruir viviendas, infraestructuras y medios de vida.

Dicho esto, vamos con la pregunta del millón:

¿Qué ocurrió para llegar a esta situación? ¿Se pudo haber evitado? ¿Se adoptaron las medidas de prevención establecidas en el protocolo a priori e in situ?

Evidentemente, la coordinación entre las distintas Administraciones Públicas ha brillado por su ausencia, más bien ha sido al contrario, porqué cada una ha hecho la guerra por su cuenta.

Debería haber una estrategia integral en la que cada parte supiera que es lo que tenía que hacer en lugar de improvisar; pero ante la falta de protocolos de actuación y que los dirigentes responsables estaban de vacaciones y aparecían a cuentagotas, parece que lo único que sabían hacer era culpabilizarse los unos a los otros, echar balones fuera y correr un tupido velo.

Por todo lo ocurrido ya es momento de que los dirigentes, después de haber visto las orejas al lobo, se pongan manos a la obra y comiencen por establecer un Plan para invertir en tecnología y equipos de extinción con una plantilla fija y cualificada, porque ha quedado acreditado que los equipos y medios con los que se cuenta, fueron a todas luces insuficientes.

En demasiados casos, ha sido gracias a los vecinos de las distintas zonas rurales, a su conocimiento del lugar, a su saber adquirido por la experiencia utilizando los sentidos para percibir y analizar los fenómenos y para interpretar y entender su ámbito, que se han salvado muchos espacios.

Ese proceder de la sabiduría popular siempre me ha producido admiración y una gran curiosidad porque es algo intrínseco a cada persona, que lo percibe individualmente, pero enriquece a la colectividad.

Yo, que he vivido mi infancia y adolescencia en un pueblecito doy fe de lo que estoy puntualizando con unos recuerdos:

En cuanto comenzaba el frío siempre anhelaba la llegada de la nieve y preguntaba a mi tía cuando iba a venir la primera nevada. Ella siempre me decía: “todavía no”, hasta que una tarde cuando fui a su casa a buscar la leche, me dijo: “Marí Nieves, esta semana va a nevar porqué las últimas noches me han escocido los zancajos de los pies” (ella llamaba zancajos a los talones) y, efectivamente, así fue como cayó la primera nevada. Tiempo después me vio coger la bici para ir a clase y me preguntó: “¿no llevas paraguas?”, la miré con cara de circunstancias ya que no me parecía que fuera a llover y me dijo: “pues hoy llueve porqué he comido yo mucho pan” y, llovió. Mi tía siempre fue alguien muy especial, todas las mañanas lo primero que hacía era salir a la calle y observar el cielo; me fascinaba ver la cantidad de detalles en los que reparaba, especialmente porqué yo no me había fijado, pero cuando los señalaba y me explicaba el por qué, todo adquiría sentido. Su frase estrella era: “Rubianas al sol poner, lluvias al amanecer”. Por entonces, solo 50 años atrás, el cambio climático no había hecho acto de presencia.

Con este pequeño homenaje a mi tía, ya fallecida, quiero dar las gracias a todas estas personas valientes y maravillosas, con sentido de pertenencia, que han puesto sus conocimientos y su trabajo al servicio de todos; que se han negado a abandonar sus emplazamientos quedándose para ayudar en las labores de extinción cuando los medios eran insuficientes.

Considero que la mejor forma de agradecer su generosidad es que, sin demora, se adopten las medidas pertinentes para abordar sus causas y mitigar sus efectos.

Y viendo tanta desolación me pregunto, ¿cómo es posible que a los responsables no se les remueva algo por dentro?, es que ¿no ven que el operativo ha colapsado?, ¿que la prevención, si existía, no ha funcionado?, ¿que los campos están abandonados?, ¿que la recuperación va a ser a larga y tediosa? y que ¿si no se toman medidas urgentes volverá a ocurrir?

Viendo la evolución y sus comportamientos ojalá sean capaces de hacer un reseteo de conciencia y aprender de sus errores, así como asumir sus responsabilidades puesto que todo va incluido en el cargo que ocupan y si les queda grande deberían dedicarse a otra cosa.

El proceso de recuperación está vinculado a los daños causados. Las consecuencias se superarán a largo plazo, después de evaluar y reparar los daños materiales, de que las personas afectadas se hayan podido recuperar emocionalmente y cuando la naturaleza recupere su ciclo vital y se regenere.

Gervasio Sánchez, en una de sus exposiciones comentó: “Los desastres no se acaban cuando lo dice Wikipedia, finalizan cuando se superan sus consecuencias”.

TENEMOS POR DELANTE UN LARGO CAMINO.

¡¡Hagamos que cuente!!

Mª Nieves Valderrey López