Fotografía:Dulces y frutos secos sobre una mesa. Tomás Hiepes 1610.

Texto sobre la tarta y el otoño

Cuando vamos a cortar la tarta, si es de bizcocho, se hunde el cuchillo sin tope y conseguimos que la porción que vamos a compartir sea exacta, sin destrucción del propio pedazo que comeremos, pero cuando llega el otoño de verdad, cuando nos sentamos a la mesa y dejamos que el día pase ligero para que nos alcance el atardecer gris, es cuando comemos la tarta de hojaldre, esa de capas crujientes y relleno cremoso, esa que nos alcanza la memoria y nos dice que fuimos niños, esa que, cuando hincamos el cuchillo, queda desmontada porque se quiebra bajo el filo de acero, esa que llena el plato de trocitos pequeños, que luego intentaremos rebañar con el dedo si es preciso, la que al comerla nos traslada a otros otoños, otras gentes, otros lugares.

Es en este tiempo cuando todo queda a la espera, la fruta está en sazón, a la espera de que la comamos, el campo queda a la espera hasta que el sol vuelva a darle tempero, la tarde queda larga, larga, a la espera de que llegue la noche sin querer y la coma hasta que venga el día, las hojas de los árboles se amontonan en las cunetas como capas de hojaldre, crujientes algunas tostadas por el sol de mediodía y las de debajo, húmedas por las primeras lluvias a las cuales el sol no alcanza y que se convierten en alimento de la tierra. Las pisas, cual cuchillo y las altas estallan bajo nuestra bota, las bajas se aplastan unas contra otras hasta que se vuelven pulpa marrón, crema de la tarta.

Vendrán días de más sol, más calor, más jolgorio, pero días como estos del otoño, no. El otoño es la serenidad, el sosiego, el poso del vino que se asienta en el hondo de la cuba a dormir el mosto recién acostado en su panza redonda, ya más adelante lo beberemos con ansia para calmar la sed y ayudar a que pase el hojaldre que se hace cuando el tiempo está frío y las noches son largas y ásperas. Digo yo.

Agripina Campazas