Ruta al pueblo
Basta pasear por el entorno de un pueblo, el de mis abuelos, para sentir su latido, para imaginar lo vivido, para comprender experiencias, a veces felices, en otras ocasiones truncadas.
Decido realizar una ruta, de ida y vuelta, de unos ocho kilómetros, hasta el pueblo vecino, un camino que deja polvorientos los pies y encogido el corazón. Los recuerdos me van atrapando.
El punto de partida es la casa de mis abuelos, reformada, un lugar adaptado a nuestra época. En la estancia principal, figura su retrato. No es realmente una foto, es un dibujo coloreado en tonos sepia, puede ser el momento de su boda, una reliquia para mí, que ha pasado de generación en generación.
Salgo y comienzo a caminar hacia abajo, por una senda empedrada. Los pies se quejan, pero siguen andando sin temer una torcedura. Lo físico no importa, valoro más mis sensaciones y pongo a trabajar mi imaginación basada en hechos reales.
En primer lugar tropiezo con un puente de madera, vestido de musgo mugriento, ya decrépito, que cruje al contacto de mis pisadas. Me inclino y me apoyo en su balaustrada, y observo un pequeño hilo de agua cristalina que corre alocada. Su nombre es “La Rodera”. Tiempo atrás fue cobijo del cangrejo autóctono hasta que alguien decidió introducir el cangrejo americano, de tamaño más grande y más voraz. Este hizo desaparecer al primero y posiblemente se destruyó a sí mismo.
Los rayos del sol coquetean al reflejarse en el agua, e imagino allí unas manos agrietadas, endurecidas por la vida, rompiendo el hielo en los inviernos para poder ejercer el oficio de lavandera. Un frío puñal que cortaba la respiración y hasta la menstruación, quizás, provocando a la larga una tediosa enfermedad denominada artrosis.
En el cielo se ven, a menudo, aves rapaces, que con su estilo de vida depredadora, controlan plagas de insectos, roedores, entre otros… y de algún modo sanean los campos de carroñas y animales enfermos, evitando así posibles focos infecciosos. Pasan horas observando el campo en árboles hasta encontrar alguna presa despistada.
Sigo mi camino mientras respiro ese olor a boñiga, o a excrementos de aves, mezclado con el frescor del riachuelo o de unas tímidas violetas con su aroma dulce y polvoriento, que asoman poniendo una nota de color en el manto verde.
Una vez de vuelta a casa, después de recorrer unos merenderos improvisados a lo largo del camino, me siento un poco culpable, por gozar de un paraje del que mis antepasados no disfrutaron; la tierra no era un lugar de recreo, era el baile de la pala y el azadón para cultivar la tierra, era la arcilla donde se cultivaban los viñedos y se recogía su fruto en las vendimias, con los rapaces a cuestas.
Ana Rosa Gutiérrez