¿Qué puedo escribir aquí sobre el Teléfono de la Esperanza? No sabría ni por dónde empezar. Es tanto lo que me está aportando… Talleres sobre temas muy interesantes y de mucha ayuda: Autoestima, Mindfulness, Gestión del estrés y la ansiedad... Todos ellos han aportado un granito de arena a mi situación personal.
Pero, más aún que los talleres, me han aportado los voluntarios que imparten estos talleres. Su gran preparación y entrega, ese saber llegar al grupo y a cada uno de nosotros… Todos ellos te abren la puerta con una sonrisa y un abrazo sentido. Igual han tenido un mal día, porque ellos también tienen su familia, su trabajo y sus problemas. Pero allí los olvidan, o al menos los dejan aparcados hasta que acaba la sesión.
Al llegar te encuentras con gente desconocida ante la que piensas: ¿seré capaz de compartir con ellos mi duro pasado o mi presente, en ocasiones más duro aún? Pero es que esa gente extraña va entrando en tu vida poco a poco y, tras tres meses de mucho compartir, se convierte en parte de tu familia. Personas que aún con su dolor saben escuchar tu dolor. Y cuando escuchas el dolor del otro relativizas el dolor propio. Al llegar pensabas que tus problemas eran los más importantes del mundo, pero luego compruebas que eso no es así. Y no es que salgas pensando que tu dolor ya no existe, ni se trata de poner todos los dolores en una balanza para ver cuáles pesan más. Simplemente escuchas el gran dolor por el que están pasando las otras personas. Allí nadie te juzga, ni opina sobre lo que “deberías” hacer.
Lo mejor de todo, la confidencialidad que se pide desde el principio. Hablar con la confianza de que nada de lo que cuentes saldrá de ahí. Al principio no es fácil abrirse, compartir tus sentimientos, tus miedos y tu dolor. Pero al final el calor del grupo te protege y sí los acabas compartiendo.
Al llegar allí, unos nos sentimos “agobiados” por todas las situaciones a las que hay que hacer frente, otros “estresados” tras una dura semana, otros “nerviosos” por haber ido corriendo con el temor de llegar tarde, y así los que nos sentimos tristes, desanimados, preocupados...
Empezamos con una relajación, unos consiguen dejarse llevar (depende del día) y otros seguimos rumiando nuestros problemas (también depende del día), no de una forma peor de la que los hubiéramos rumiado quedándonos en casa. Después de la relajación ponemos en común el trabajo que hemos hecho durante la semana, se aprende mucho haciendo esto. Distintas respuestas, distintas interpretaciones, diferentes comentarios de los coordinadores... Uno a uno vamos hablando, son igual de importantes las respuestas de todos.
Al terminar, otra relajación y de nuevo ronda de sentimientos y comprobamos que, en muchos de los casos, se ha creado la “magia” y nos sentimos tranquilos, contentos, esperanzados o agradecidos, al menos un poco mejor que cuando llegamos. Y al despedirnos nos damos todos un abrazo, al principio un poco más distante porque no nos conocemos. Pero según van avanzando las sesiones ese acercamiento va creciendo entre nosotros. Un abrazo fuerte, e incluso un bonito deseo: que tengas una buena semana.
Recuerdo una despedida que me tocó el alma (aún se me llenan los ojos de lágrimas cada vez que pienso en ello). Las palabras de la coordinadora: “cada vez que termino un taller me da pena, es como que dejo una parte de mi corazón en vosotros. Cuando preparo las últimas sesiones las preparo pensando en cada uno de vosotros y en vuestra situación personal”.
La merienda de despedida es siempre muy divertida, es un compartir distinto, ya no compartimos problemas (ya bastante lo hemos hecho) sino que hablamos de lo que vamos a hacer en vacaciones. Ya nadie llora, más bien reímos. Los problemas no han desaparecido, pero igual hemos aprendido a gestionarlos de otra manera.
No salimos de allí siendo amigos, pero sí compañeros con los que sabemos que podemos contar para tomar un café y compartir nuestro malestar. Ya nos conocemos, no hace falta contar nuestro pasado antes de empezar a hablar. Porque el Teléfono de la Esperanza crea unión. Esa unión y esa esperanza de que nuestra situación pueda, cuando menos, cambiar algo. O, como dijo Viktor Frankl: “Cuando una situación es buena, disfrútala. Cuando la situación es mala, transfórmala. Y cuando la situación no pueda ser transformada, transfórmate tú”.
María Eugenia Laiz
Ojalá sigas disfrutando de los talleres hasta que te plantees quedarte como voluntari@
Un fraterno abrazo para ti y para todos los que están detrás de esa maravillosa herramienta que es El Teléfono de la Esperanza