Hace unos días tuvimos en el monasterio la visita de una antigua alumna. Parecía increíble la cantidad de desgracias que le habían ocurrido en su familia. Enfermedades graves, drogas, ruina económica, separaciones matrimoniales…
Me resultaba difícil entender cómo esa persona podía encontrar estímulo para seguir viviendo y pensé: ¡qué fuerza tiene la vida!
Recordé una experiencia ocurrida cuando cuidaba a mi padre enfermo de Alzheimer. En uno de los paseos que dábamos juntos por el parque cuando él ya no podía salir solo, nos llamó la atención un pequeño olmito que había nacido del gran olmo que presidía el terreno.
Su desgracia fue hacerlo al borde del camino por donde pasaba la gente, ya que, apenas levantaba un metro del suelo, cuando un día apareció tronchado.
A mi padre le produjo una intensa pena y colocó, con esmero, unas tablillas alrededor del tronco partido. El premio a su esfuerzo fue la aparición de dos nuevos brotes llenos de vida.
Una mañana comprobamos que los jardines habían desaparecido cubiertos por un grueso y mortal manto de hormigón. Entonces supusimos enterrado y sepultado para siempre a nuestro querido amigo. Desde ese momento, el parque dejó de tener atractivo para nosotros y estuvimos mucho tiempo sin pasear por él.
En una ocasión, al tener que cruzarlo de nuevo, descubrimos, con sorpresa, que asomaban por una grieta unas pequeñas hojitas verdes. Nos acercamos y, al agacharnos sobre ellas, nos dimos cuenta, por la sonrisa que nos brindaban, que ¡era él!, nuestro pequeño olmo y que nos saludaba de nuevo. ¡Había renacido!
También en todo hombre hay un fuerte impulso a vivir y debemos buscar cómo hacerlo con intensidad y plenitud. No tiene sentido vivir “sin sentido”.
Ernestina Álvarez OSB
