Allí donde siempre ha estado el calor de la lumbre, ya solo descansa la ceniza blanquecina hecha casi polvo, nada más.
El resplandor que por la ventana entraba, ya solo es sombra porque el sol no vuelve hasta mayo, se queda la cocina fría, las paredes húmedas y el banco de madera ya no tiene encima el cojín de ganchillo.
Un señor que vino una vez por aquí, cuando entró y vio que nada había en la cocina, le hizo una foto, la mandó a un periódico y fue noticia nacional. No podía entender que aquel santuario de la comida y la gente de bien, ya fuera solo una estancia vacía, más aún en el tiempo de invierno, en el que la casa quedaba cerrada.
Todo cuánto se podía decir de sus fogones, ya fue dicho, ya fue contado, ya fue cantado. Pero el tiempo corre y corre mucho, quien tenía en su mano el punto de sazón, quien ponía en su sitio y su momento cada ingrediente, ya se fue.
Nada queda de esa generación que hizo felices a unos cientos de personas que se jactaban de haber saciado allí sus hambres de todo tipo.
El estómago repleto y el cerebro, tan excitado por los olores y sabores, tan relajado por los licores y vapores, que si algún sitio tenía el merecimiento del rango de palacio, debería haber sido aquella cocina.
Ya hacía mucho que se le ocurrió cubrir las paredes de azulejos y así se hizo un otoño tras el cierre. Un espejo digno de Talavera eran aquellas paredes, un moderno rincón dentro de aquel bastión de la tradición de un mundo ya pasado.
Entrega, abnegación y cariño sin pensar en lo renunciado, en lo no hecho, en lo imposible de hacer por tener que estar siempre ahí. Cada día quemándose las cejas allí, cada noche de poco dormir y mucho pensar, cada mañana viendo dar el sol contra las paredes, al alba, todas ellas merecieron la pena, porque la vida la entendieron siempre en la Generosidad y desde la entrega incondicional a los que vienen, sacrificando con gusto el tiempo que se debían a sí mismos.
Si alguna vez has tenido la suerte de pisar este lugar, si has tenido la fortuna de vivir en el regazo de una abuela que te da sin pensar, que te arropa con exceso desmedido y te hace sentir el mejor del mundo, podrás comprender que esa cocina, esa alcancía repleta que es su regazo, que te colma de cariño sin condiciones, es sin duda el lugar en el que hemos de volver cada poco a decir: la felicidad era esto, era esto. Lo demás es quimera y fruslería de cajón vacío.
¡Afortunados quienes lo han alcanzado, siquiera con el ápice de los dedos y aún conservan el perfume de los fogones y las tarteras que son las manos de nuestras abuelas!
Agripina Campazas

mi infancia, junto a mi abuela materna, que fue como una segunda madre. Sensaciones, olores, imágenes, la energía de su abrazo. Gracias.